Lugares comunes

Mi ciudad es tan pequeña que tiene lugares comunes en cada esquina. Olvidar aquí es imposible, caminas y encuentras el café en el que por primera vez se vieron, volteas y he ahí el restaurante en el que compartieron un pastel de elote delicioso, te detienes y miras el bar en el que se dedicaron canciones de amor tan lejanas.

Por eso hoy he intentado avanzar con los ojos cerrados, moverme en la oscuridad de la noche a tientas, olvidarme del sentido de la vista, para que tu recuerdo no se haga presente, para ahuyentar tu imagen y mitigar la rabia de saberte en todos lados, en cada paso, en cada rincón.

Y al cerrar los ojos aparece tu figura, tu mirada, tu sonrisa. Quisiera borrar los recuerdos, negar tu existencia, olvidar tus palabras, vaciar mi vida de ti.

Y sin embargo hay tantos lugares comunes.

Deshojando margheritas

La primera vez que tropecé con una margarita, me encontraba en el rancho de uno de mis tíos consentidos. La idea tan difundida de deshojar una para saber si alguien pensaba en ti o no llegó de inmediato y fui en pos de algunas como si del santo grial se trataran.

-Me quiere, no me quiere. Me quiere, no me quiere-

Después de varios intentos fallidos, terminé llamando a las margaritas mentirosas por no haberme dado la respuesta que yo ansiaba escuchar.

Moraleja: las margaritas nunca te dirán la verdad. No te fíes de ellas.

Estrenando de nuevo

Dicen que de músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco. Yo no soy músico, ni poeta, supongo que todo lo que debía tener de ambas cosas se acumuló en el rubro de la locura.

Sin embargo, soy inofensiva.